jueves, 19 de abril de 2007

Siguiendo una nota de American Book Review en la cual se publican 100 mejores inicios de novela, el blog Rulemanes para Telémaco propuso la idea a sus lectores. El resultado fue una lista de 30 buenos inicios de novelas en español que, a partir de la iniciativa de quienes contribuyeron a reunirlos, publicamos aquí.





Al principio fue una frase que te dejó aferrado al libro


En un lugar de La Mancha...



Es quizás el inicio de novela más famoso, citado con frecuencia incluso por quienes nunca han abierto un ejemplar de esta obra. Así que ofrece un buen pórtico para comenzar a elaborar la lista de los cien mejores inicios de novela en la literatura hispanoamericana.

Aquí, los primero treinta. Van en el orden del entusiasmo que despertaron, sin ninguna jerarquía.



Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinamos. (Según el tablero)
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¿Encontraría a La Maga? (Según la numeración de las paginas)
Rayuela, Julio Cortázar.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.



Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.



Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Pedro Páramo, Juan Rulfo.



Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret MAS fabuloso del mundo…
Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.



Por razones obvias habré sido el primero en descubrir que este libro no solamente no parece lo que quiere ser sino que con frecuencia parece lo que no quiere, y así los propugnadores de la realidad en la literatura lo van a encontrar más bien fantástico mientras que los encaramados en la literatura de ficción deplorarán su deliberado contubernio con la historia de nuestros días.
Libro de Manuel, Julio Cortázar.



Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Lo dijo, eso fue lo que dijo. De regreso del baño, mirándonos a Anselmo y a mí acostados aquí en la cama y que la mirábamos también. Huelo a ella; todo huele a ella. Desnuda en el marco de la puerta. Alzó los brazos y era como si quisiera borrarse por completo. Pero su cuerpo no la dejaba.
Crónica de la Intervención, Juan García Ponce.



… ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanadas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre! ¡Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre… alumbre…, alumbre…, alumbra…, alumbra, lumbre de alumbre… alumbra, alumbre…!
El señor Presidente, Miguel Ángel Asturias.



He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.
Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.



La mañana del día en que lo iban a matar, Santiago Nassar…
Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.


Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. (Capítulo I)

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Señor Ministro: De acuerdo con los deseos de S.S. he arreglado para la publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese Ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos. (Prólogo que inicia la ficción)
La vorágine, José Eustasio Rivera.



Me gustaría llegar a viejo para contar todos los sueños del mundo, o no haber nacido para contar todas las quimeras.
Breve combate de inoportuna muerte, Agustín Jiménez.



Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne…
El túnel, Ernesto Sabato.



Con un Final de Muerte Académica: presentación en el arte, y en la vida, de un uso sabio de la Ausencia, equivalencia voluntaria de dulcificada muerte.
Museo de la novela de la Eterna, Macedonio Fernández.



Yo, Ceferino Quiñónez, de edad flexible y renuente al control del almanaque, maestro de vocación y por innata incapacidad para el respetable ejercicio de la contabilidad y técnicas afines…
El mago de la cara de vidrio, Eduardo Liendo.



La muy puta conducía a toda velocidad.
Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, Roberto Bolaño y Antonio García Porta.



Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.
La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares.



- Ponga usted la mula de doses, mi estimado poeta: a un hombre de una magnitud espiritual como la suya no le va hacerse pendejo -dice Pioquinto Manterola sonriendo.
Sombra de la sombra, Paco Ignacio Taibo II.



Años atrás, que podían ser muchos o mezclarse con el ayer en los escasos momentos de felicidad, ella había estado en la habitación del hombre.
Tan triste como ella, Juan Carlos Onetti.



La ciencia de la medicina fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro.
Palinuro de México, Fernando del Paso.



La heroica ciudad dormía la siesta…
La Regenta, Clarín.



Cuando la inteligencia es ágil, fina sagaz, escurridiza, y puesto al lado opuesto, el corazón yace pesado, gordo, cegato, obtuso; digo, cuando la inteligencia sabe medio atisbar las cumbres y medio hurgar las sendas por donde se va a las cumbres, y el corazón no ayuda, no responde, ama sólo su lecho, sus golosinas y su comodidad, se engendra un desvalor, un hambre oculta, un amargor guardado. He aquí el origen del desvanecimiento, la altivez, la soberbia. Y sólo porque en ilusión e imaginando, se sabe discernir, llega a tomarse el infecundo y fraccionario pensar el bien, en lugar del sustancioso e integral vivir el bien, o sea el sutil ingenio, por la iluminada, auténtica, profunda, verdadera inteligencia.
La paloma, el sótano y la torre, Efrén Hernández.



No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.
Corazón tan blanco, Javier Marías.



Hace unos años comenzaron a aparecer unos graffiti misteriosos en los muros de la ciudad nueva de Fez, en Marruecos. Se descubrió que los trazaba un vagabundo, un campesino emigrado que no se había integrado en la vida urbana y que para orientarse debía marcar itinerarios de su propio mapa secreto, superponiéndolos a la topografía de la ciudad moderna que le era extraña y hostil.
Suicidios ejemplares, Enrique Vila-Matas.



Hay muchas maneras de contar esta historia –como muchas son las que existen para relatar el más intrascendente episodio de la vida de cualquier de nosotros.
La última escala del tramp steamer, Álvaro Mutis.



Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono; bien, mono y mono, los dos, en su jaula, todavía sin desesperación, sin desesperarse del todo, con sus pasos de extremo a extremo, detenidos pero en movimiento, atrapados por la escala zoológica como si alguien, los demás, la humanidad, impiadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto, de ese asunto de ser monos, del que por otra parte ellos tampoco querían enterarse, monos al fin, o no sabían ni querían, presos en cualquier sentido que se los mirara, enjaulados dentro del cajón de altas rejas de dos pisos, dentro del traje azul de paño y la escarapela brillante encima de la cabeza, dentro de su ir y venir sin amaestramiento, natural, sin embargo fijo, que no acertaba a dar el paso que pudiera hacerlos salir de la interespecie donde se movían, caminaban, copulaban, crueles y sin memoria, mona y mono dentro del Paraíso, idénticos, de la misma pelambre y del mismo sexo, pero mono y mona, encarcelados, jodidos.
El apando, José Revueltas.



Yo despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?... Pero los párpados me pesan: dos plomos, cobres en la lengua, martillos en el oído, una… una como plata oxidada en la respiración. Metálico, todo esto. Mineral, otra vez. Orino sin saberlo. Quizás –he estado inconsciente, recuerdo con un sobresalto- durante esas horas comí sin saberlo. Porque apenas clareaba cuando alargué la mano y arrojé –también sin quererlo- el teléfono al piso y quedé boca abajo sobre el lecho, con mis brazos colgando: un hormigueo por las venas de la muñeca. Ahora despierto, pero no quiero abrir los ojos. Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras y círculos azules. Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio.
La muerte de Artemio Cruz, Carlos Fuentes.



¿Recuerdas…? Es un hecho indudable que precisamente en el momento en que Farabeuf cruzó el umbral de la puerta, ella, sentada al fondo del pasillo agitó las tres monedas en el hueco de sus manos entrelazadas y luego las dejó caer sobre la mesa.
Farabeuf, Salvador Elizondo.



Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.
Visión de Anáhuac, Alfonso Reyes.



El primer fantasma apareció el día en que murió la abuela, en el hospital.
Pudor, Santiago Roncagliolo.